Cómo una prostituta salvó mi matrimonio
A veces la vida te sorprende en los momentos más inesperados. Piensas que es imposible que pase algo, pero ocurre, y todo tu mundo cambia. Yo debería estar ya adaptada a ese tipo de terremotos emocionales, porque no llevo precisamente una vida sencilla, pero a veces es casi imposible hacerse a cambios tan grandes. Y no me refiero a cambiar de ciudad o de trabajo, sino a sentir cómo cambia la manera en la que entiendes el deseo, el placer, el sexo. Para mí, esto es tremendamente importante porque considero que disfrutar del sexo es primordial para mi vida y mis relaciones. Por eso, cuando ocurre algo que cambia mi paradigma, debo pararme a pensar en todo lo que está pasando y asegurarme de que por buen camino. Yo jamás habría imaginado que una prostituta fuera capaz de salvar mi matrimonio, pero hoy por hoy debo reconocer, sin vergüenza alguna, que así fue.
No tengo nada en contra de las escorts, ni mucho menos. Me parecen muy valientes a la hora de entregarse en algo tan personal como el sexo, y hacerlo como forma de vida. Yo no tengo ese poder, desde luego, al menos para hacerlo de forma recurrente, pero admiro a quien sí lo consigue. Y además, he visto a más de una chica joven y sensual que desde luego podría tener todo el dinero que quisiera si se convirtiera en escort. Pero supongo que todavía hay mucho tabú con este tipo de negocios, y al final una también los sufre. Yo misma he mirado con desconfianza a alguna de esas trabajadoras sexuales cuando nos hemos cruzado con ellas por la calle, a altas horas de la madrugada. Se quedaban mirando a mi marido, aunque no le decían nada, porque sabían que estaba conmigo. Y yo me tranquilizaba pensando que él ya tenía en mí tolo que podría desear en una amante… pero el tiempo me demostró que no era así. La vida da muchas vueltas, y a veces damos por sentadas cosas que en realidad no están ni mucho menos seguras. Esta es mi experiencia, la auténtica, de cómo una escort nos salvó a mi marido a mí de la rutina.